sábado, 9 de junio de 2018

Hay veces que debes dejar ir

Existen instantes de revelación, un latido y una silenciosa llamada del corazón. No es algo que puedas escuchar, porque el corazón no llama gritos; aparecen en momentos de calma, cuando dejas de estorbar, cuando callas. Son instantes congelados como en gotas de cristal, percibes el susurro suave y cariñoso, cálido y lleno de sensaciones más que de palabras. 

A veces hay que dejar ir, esos momentos felices, esos amigos entrañables, son tesoros del alma, invaluables regalos del amor. Días de calma y de paz, cuando el mundo brilla con luz propia, aquellos instantes en que no existe nada más que el presente, brillante y maravilloso; momentos que quedan gravados en el corazón, con embriagante calidez que pareciera ahogarte en deleite y paz. Son tan efímeros ¡Oh tan efímeros! Que no importa con cuanta fuerza intentas aferrarte a ellos, siempre se escurren entre los dedos sin que lo podamos evitar, dejando a su paso un hueco en nuestra alma, y la añoranza y la angustia de saber que jamás volverán: son robados por el tiempo y el cambio, y a veces duele tanto que tememos. Y de pronto creamos barreras de miedo, miedo a sentir de nuevo, pero por encima de todo, miedo de volver a perder, el temor a que nada permanezca y a la desolación que suele preceder a esa felicidad perfecta. Y entonces, lo convertimos en maldición, nos aferramos al escudo evitando la dicha profunda y serena para escapar de la sensación de pérdida. Nos plantamos en la seguridad de aquella coraza que nos mantiene dormidos, anestesiados. No sentimos el vacío pero tampoco sentimos placer, a penas sentimos nada, somos muertos en vida bebiendo del pasado como si de veneno se tratara, recordando, añorando la vida que antes fue y que no será nuca otra vez. Nos privamos de todo y entonces ¿Qué?

A veces hay que dejar ir, mirar lo que amamos, aquello que no volverá y soltarlo con alegría y gratitud, sabiendo que siempre habrá más. Vaciar la copa para volverla a llenar. Entonces podremos abrazar la belleza, la dicha, la felicidad y la paz, impregnándonos con ella célula a célula, guardarlo en un rincón del alma como un invaluable bien. en esos momentos debemos respirar tres veces, armarnos de valor, de fe y esperanza, entonces soltar. Ver partir a las personas que marcaron nuestras vidas, aquellos sitios que guardaron nuestros secretos, nuestras lagrimas, nuestras risas, las etapas que nos llenaron de sueños; todo eso volverá, en otras personas, en otros lugares, en diferentes situaciones, porque nada ocurre dos veces igual, porque al vivir hay que disfrutar a manos llenas lo que la vida nos entrega, tomar y repartir copiosamente los placeres efímeros y frágiles que marcaran a fuego el amor en nuestros espíritus, realidades que nunca se irán, porque nada en esta vida se olvida aunque no podamos recordar.

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