jueves, 21 de junio de 2018

Demos sentido a la muerte

Todo nace y todo muere, todo lo que inicia tiene un fin, la naturaleza es cíclica y en algún momento el plazo llega a término y éste debe dar paso a las nuevas creaciones. Si esto siempre ha sido así ¿Por qué la idea de la muerte nos genera tanto conflicto? La finitud es un concepto tan aterrador, y lo vivimos de un modo tan devastador que desata una tormenta química y emocional, nos hace sentir perdidos, inseguros, asustados, enojados, rotos…

El trabajo del doliente a la hora de enfrentar una pérdida, es darle sentido a la misma. Por un lado, hacer un ejercicio de rendición y darnos cuenta de que no tenemos control sobre la muerte, esto implica, por supuesto, aceptar humildemente que por orden natural todo lo existente tiene un tiempo de caducidad y es perfectamente correcto; y por otro, percatarnos de lo que la pérdida ha significado para nosotros y comprender que absolutamente todo lo que sentimos está bien, es un proceso de duelo que nos permite recuperarnos de esa parte de nosotros que murió junto con aquello que se fue, así se trate de un ser amado, una etapa de nuestra vida, una relación de pareja, un trabajo o la sensación de seguridad, estamos en contacto con la muerte a cada momento de nuestras vidas y es necesario aprender a lidiar con todo el miedo, la negación y la soberbia que nos hacen aferrarnos a aquello que ha cumplido su propósito y ahora debe marcharse.  

La pérdida debe ser hablada y sentida, a los dolientes se les debe dar la oportunidad de reflexionar en voz alta, de llorar su pena, de sentir la ausencia y de experimentar el dolor con toda entrega; es lo saludable y lo correcto pasar por un duelo y entre menos se escape de su sentir le resultará más fácil y rápida la recuperación: un duelo saludable requiere tiempo y paciencia, además de comprensión y amor. No es de ayuda cargar al doliente con el peso de aparentar estar bien, sin importar cuanta preocupación suscite en aquellos que presencian su agonía, se debe permitir al otro y a uno mismo vivir la experiencia de la pérdida con toda franqueza y apertura emocional.

Finalmente, por chocante que resulte escucharlo, especialmente cuando uno se encuentra en éste proceso, la muerte es renovación y siempre trae de su mano nacimiento y la maravillosa oportunidad de crecer y auto explóranos; nos permite tomar conciencia de nuestra propia finitud, todos tenemos un tiempo y cada día que se va es un día menos para vivir, amar, experimentar, gozar, aprender, cumplir nuestros sueños. No esperemos con miedo la muerte, sino con conciencia. Convirtamos el dolor en resignación, después en amor y tomemos la lección que nos deja: detrás de todo duelo existe el tesoro del cambio y la transformación. Por aquellos que se han ido, vivamos con gratitud y amor.
   

sábado, 9 de junio de 2018

Hay veces que debes dejar ir

Existen instantes de revelación, un latido y una silenciosa llamada del corazón. No es algo que puedas escuchar, porque el corazón no llama gritos; aparecen en momentos de calma, cuando dejas de estorbar, cuando callas. Son instantes congelados como en gotas de cristal, percibes el susurro suave y cariñoso, cálido y lleno de sensaciones más que de palabras. 

A veces hay que dejar ir, esos momentos felices, esos amigos entrañables, son tesoros del alma, invaluables regalos del amor. Días de calma y de paz, cuando el mundo brilla con luz propia, aquellos instantes en que no existe nada más que el presente, brillante y maravilloso; momentos que quedan gravados en el corazón, con embriagante calidez que pareciera ahogarte en deleite y paz. Son tan efímeros ¡Oh tan efímeros! Que no importa con cuanta fuerza intentas aferrarte a ellos, siempre se escurren entre los dedos sin que lo podamos evitar, dejando a su paso un hueco en nuestra alma, y la añoranza y la angustia de saber que jamás volverán: son robados por el tiempo y el cambio, y a veces duele tanto que tememos. Y de pronto creamos barreras de miedo, miedo a sentir de nuevo, pero por encima de todo, miedo de volver a perder, el temor a que nada permanezca y a la desolación que suele preceder a esa felicidad perfecta. Y entonces, lo convertimos en maldición, nos aferramos al escudo evitando la dicha profunda y serena para escapar de la sensación de pérdida. Nos plantamos en la seguridad de aquella coraza que nos mantiene dormidos, anestesiados. No sentimos el vacío pero tampoco sentimos placer, a penas sentimos nada, somos muertos en vida bebiendo del pasado como si de veneno se tratara, recordando, añorando la vida que antes fue y que no será nuca otra vez. Nos privamos de todo y entonces ¿Qué?

A veces hay que dejar ir, mirar lo que amamos, aquello que no volverá y soltarlo con alegría y gratitud, sabiendo que siempre habrá más. Vaciar la copa para volverla a llenar. Entonces podremos abrazar la belleza, la dicha, la felicidad y la paz, impregnándonos con ella célula a célula, guardarlo en un rincón del alma como un invaluable bien. en esos momentos debemos respirar tres veces, armarnos de valor, de fe y esperanza, entonces soltar. Ver partir a las personas que marcaron nuestras vidas, aquellos sitios que guardaron nuestros secretos, nuestras lagrimas, nuestras risas, las etapas que nos llenaron de sueños; todo eso volverá, en otras personas, en otros lugares, en diferentes situaciones, porque nada ocurre dos veces igual, porque al vivir hay que disfrutar a manos llenas lo que la vida nos entrega, tomar y repartir copiosamente los placeres efímeros y frágiles que marcaran a fuego el amor en nuestros espíritus, realidades que nunca se irán, porque nada en esta vida se olvida aunque no podamos recordar.